Mis viajes con el Patito

Wednesday, January 31, 2007





















Nieve en Peñascosa. Las crónicas siempre huelen un poco a rancio, a pasado. Nunca eres capaz de transmitir con suficiente intensidad lo experimentado; pero esta vez, ha permanecido en mi recuerdo con claridad la enorme cantidad de nieve de la Sierra de Alcaraz y en concreto, de la joya que la adorna: Peñascosa. El patito quería nieve y se pudo hartar. No voy a a hacer la crónica de muchos kilómetros. Apenas anduvimos despacito 6 o 7 kilómetros, pero hay que ver que viaje más interesante.

Comenzamos en el pueblo de Peñascosa, donde carbonizamos los “ferodos” de la transmisión del coche nuevo (al menos eso dice Cristóbal, que es un tío cojonudo y sabe de máquinas y cosas así) al quedarnos atascados en medio de una calle que parecía un glaciar islandés. El patito entró en su faceta de pato preocupado – pato loco durante esos tensos momentos. Angel se encargó de sacar el coche (es otro tío cojonudo que sabe de campo, bicis, todoterrenos y cosas así) y de llevarnos a la plaza donde nos esperaba un carajillo en el bar local y una enorme bola de nieve que habían hecho los vecinos, algo menos sorprendidos que nosotros por tanta nieve.

Comenzamos a caminar bajando por el camino de paseo tradicional hasta el camping, totalmente alucinados por la belleza del paraje nada más salir del pueblo. En el camping, y tras franquear una valla, el patito ya era otra vez pato bueno – pato nieve. En el camping deambulaban desorientados unos turistas aislados por el temporal. No me explico cómo no aprovecharon para pasear y disfrutar del entorno. Parecían castigados en una especie de arresto domiciliario. En fin…

Continuamos en suave ascensión metiendo las piernas en la nieve hasta las rodillas por un camino que discurre a las faldas de un bosque de quejigos muy raro en estos tiempos. Los demás no están muy convencidos de que lo sean, pero a los árboles les daba lo mismo la discusión sobre si son quejigos o carrascas, el caso es que el bosque estaba precioso. Mari Carmen disfrutaba en la compañía de Cristóbal del paseo con sus bastones (aunque no llevaba polainas no perdió la sonrisa en toda la excursión) mientras Angel y yo no dejábamos de hacer fotos. El patito simplemente flipaba.

La excursión se alargó un poco más, hasta que comenzó a nevar, nos entró la inquietud por el cierre inminente de las carreteras, la “quema” de ferodos y todo lo demás, así que dimos por finalizada la aventura en un sitio donde Cristóbal se metió hasta la cintura en la nieve. La llegada al pueblo nos demostró que aún queda niño en un cuerpo de más de treinta años. Nieve, amistad y belleza es lo que obtuvimos de Peñascosa aquel día.


Para terminar, una foto del patito en pleno esfuerzo nival:


Thursday, January 11, 2007




























A veces uno no hace lo que realmente le gustaría, así que el pato y yo llevábamos casi dos meses sin una salida al campo. Sin viajes del patito todo parece volverse más gris y triste. Los días se vuelven más iguales y monótonos. Pero por fin, en Reyes hemos podido romper esta inercia y nos fuimos a Cazorla (¡cómo no!). Esta vez con las bicis, que es el deporte que más disfrutamos ahora. Los recorridos que hicimos son un clásico de fin de semana en Cazorla, y al hacerlo con las bicis, pudimos recorrer en un día y medio de estancia algo más de 45 Km. Nos alojamos en el Noguera de la Sierpe, que parece haber regresado a las enormes raciones de media pensión que tanto disfruté en el pasado. El Viernes cogimos el coche nuevo y nos fuimos a la Nava del Espino, nuestra puerta al paraíso, pensando todo el tiempo en el coche viejo que iba rozando todo el camino con las piedras y los baches (¡qué buen servicio nos hizo el pobre!).












Al llegar, montamos las bicis y comenzamos a pedalear entre jadeos, subiendo todo el rato hasta los Poyos de la Mesa, algo sucios por el barro del camino, que nos provocó algunas situaciones realmente divertidas (el patito llevaba unas ruedas como roscones de reyes); donde los buitres cogen las térmicas y remontan el vuelo a sólo unos metros del visitante. Más tarde, almuerzo y bajada hasta Praera Marchante, un precioso lugar que simboliza el corazón del Cazorla, ya que tiene a un tiro de piedra maravillas como el Calar de la Juana, el arroyo de los Tornillos de Gualay, la Cerrada del pintor y la Cerrada de la Canaliega. Es en éste lugar donde el pato y yo tenemos acordado que esparcirán nuestras cenizas. Era un día frío. Encontrábamos neveros pequeños pero evocadores en las umbrías orientadas al norte. Con las bicis avanzábamos bastante rápidos y el pato aguantó muy bien.










El caso es que media hora más tarde llegamos a la Cerrada de la Canaliega y en ese idílico paraje nos detuvimos a comer sin dejar de asombrarnos por el silencio sólo roto por el rumor del agua del arroyo, la tranquilidad y el cielo azul. Después de comer nos esperaba la subida hasta Praera Marchante y el desvío hacia la Nava del Espino a la que llegamos pronto. El coche nos esperaba, pero nos animamos al ver una manada de ciervas, así que decidimos visitar la entrada al camino de Guadahornillos, donde en las horas de menos luz, conseguimos ver un par de machos muy curiosos de gamo que localizó en patito. El día no daba para más y regresamos muy contentos al hotel. En todo el día no habíamos visto a nadie más, sentíamos que Cazorla se abría a nosotros en exclusiva y eso nos hizo muy felices. La bici había demostrado ser un medio de transporte muy adecuado para Cazorla, limpio, silencioso y rápido.

La mañana del Sábado se presentó helada como la del Viernes, pero a lo largo de todo el día hizo algo más de calor, sin embargo el hielo obstinado no quería abdicar y seguía gobernando en las umbrías. Otra vez condujimos nuestro casi-todoterreno por el bacheado Camino de las Navas hasta alcanzar la del Espino desde donde nos dirigimos al camino de Guadahornillos, una zona plagada de grandes herbívoros donde pudimos disfrutar de la aparición de un gran macho de muflón (esperamos que los cazadores lo pasen por alto por este año) con una hembra y la cría del año pasado. El caso es que llegamos al puente de Guadahornillos entre jadeos, pero asombrados por lo que el patito llama Narnia (un lugar mágico sin peligros y bonito). El pato estaba cansado pero ya le iba cogiendo el tranquillo a lo de pedalear cuesta arriba y además el día prometía más avistamientos.






Pasamos por el Pino de la Mala Mujer, que está al final de una preciosa nava verde de hierba nueva, y seguimos ascendiendo por las rampas, cada vez más empinadas hacia el Calarilla, o La Calarilla. Finalmente lo encontramos, dejamos las bicis abajo tras unos chaparros y comenzamos a subir. Encontramos un hidden hecho de tablas de madera que pensamos visitar en primavera y que seguro ha deparado muchas satisfacciones a los fotógrafos de vida silvestre que lo hayan utilizado.










Continuamos la ascensión hasta el vértice geodésico y disfrutamos por unos momentos de las vistas fantásticas y de los buitres en el aire limpio recortando su silueta ascendente sobre el espeso bosque de pinos. Volvimos a descender sabiendo que ahora todo era cuesta abajo, vimos una manada de ciervas en plena fuga, y llegamos otra vez al Pino de la Mala Mujer, donde comimos esperando ver cruzar por la nava algún bicho de cuatro patas. Seguimos descendiendo más tarde avistando más animales, hasta llegar de nuevo al coche.

Nos despedimos de Cazorla con la promesa de regresar en cuanto podamos y con las pilas cargadas nuevamente. Para finalizar, una foto del patito en pleno esfuerzo.