
Sierra de Mirabueno y río Aguamula. Los duros serranos habitaron estas tierras viviendo, luchando, enfermando y muriendo en la más completa soledad y aislamiento. Aún así, dejaron su terrenal existencia con los ojos llenos de riscos, montes verdes, quebradas, ríos y el alma saturada del silencio de la sierra de Cazorla. En ésta salida el patito y yo descubrimos el modo de vida de estas gentes, una forma tranquila de existir al margen de un mundo que finalmente lo devoró todo. Ya no hay nadie, pero al menos quedan los ecos del pasado que si uno detiene el pedaleo y contiene la respiración, puede todavía escuchar entre los cortados a pico y los bosques silenciosos.

Durísima salida que se inicia en el camino de acceso al camping de Llanos de Arance. Un engañoso falso llano nos transporta a lo largo de la ribera de la cola del Pantano del Tranco hasta las primeras suaves cuestas que se van empinando por la base de la Sierra de Mirabueno. Frente a nosotros tenemos la Sierra de las Villas que ahora se nos muestra alta y enorme, pero que al final de la subida nos parecerá inmensa y grandiosa. Pronto el plato mediano dejará paso al pequeño y al piñón más pequeño. El patito trepa con decisión a la vera del Arroyo del Aguaderico que se ha quedado abajo, en una estrecha barranca.

El sol se muestra espléndido y calienta nuestra espalda bajo la maldita mochila llena de ropa inservible. Seguimos trepando por rampas más empinadas y llevamos ya casi 13 Km de constante subida cuando llegamos a la Casa Forestal Fuente del Roble, que ahora ha quedado reducida a un solar vacío. Barrita energética y equivocación supina en un desvío que incrementa nuestro recorrido en dos kilómetros pero que nos lleva a una nava maravillosa de fantástica belleza, un mirador natural desde el que se adivinan las antenas de la cumbre de Majal Alto. Allí vamos.

Una vez recuperado el buen camino, afrontamos unas durísimas rampas que ponen a prueba nuestra resistencia, entre un bosque de centenarias carrascas (¿o son quejigos?, la duda de siempre…) cubiertas de un luminoso musgo verde. Entre vueltas y revueltas llegamos cubrimos los últimos metros hasta un mirador natural que nos enseña los poderosos contrafuertes del Banderillas y todos los barrancos que le rinden vasallaje. Precioso, fantástico …¿Y el aliento?, bah!, ¿para qué quiere uno aliento si Dios le ha dado ojos para ver todo esto? La última rampa de 200 metros hasta el Mirador de la cumbre del Majal Alto la cubrimos empujando la bici. El pato está al límite de su resistencia y yo también.

La cumbre del Majal Alto se nos antoja como el Santo Grial para Perceval o como el Polo Sur para Amundsen. Nuestro espíritu se llena de espacios abiertos, de cielo, monte y cordilleras fantásticas. Ahora sabemos qué ven los buitres y por qué se elevan tanto sobre todas las cosas podridas del mundo. Libertad es lo que vemos y más allá pero muy, muy cerca la nevada cima del Banderillas y todas las demás sierras. No hay nada tan alto como esto, alimento para el alma, pero tal y como nos pasa siempre tenemos que bajar pronto porque el ser humano es sólo un visitante y las chaquetas no podrán alejarnos del aire frío mucho más tiempo. Movimiento.

Imaginábamos el descenso más tranquilo, y de hecho lo es hasta la aldea abandonada y derruida de Las Canalejas. El altar de la Iglesia afronta el embate del tiempo y los rincones de la nave semiderruida que no llegan a iluminar completamente las ventanas ojivales tapiadas ahora, nos devuelven a un tiempo en que este lugar fue importante porque tenía dos tiendas en un sitio donde nada podía comprarse. Aquí comemos un par de sándwiches que pronto casi vomitaremos porque nuestra idílica bajada se convierte en una durísima ascensión al Puerto de Mirabueno.

¡Ánimo machote! Me dicen los esforzados guardeses en su todoterreno, haciendo precarios equilibrios con su vehículo sobre las embarradas pendientes; ¡Venga que ya lo pillas!, le dicen al extenuado patito… Nobleza en la Sierra de Mirabueno y un poco más adelante la alucinante aldea abandonada de Los Centenares que ya sólo disfrutan las cabras que huyen asustadas al asomarnos. Ya quedan pocos metros para la cima del Puerto. Me pregunto cómo narices podría vivir aquí un paciente de claustrofobia. Es como vivir a la sombra de la Gran Muralla china. No salimos en este viaje de nuestro asombro.

Llegamos al Puerto y descendemos hasta la Casa Forestal del Prado de la Peguera (en Cazorla es muy común, al parecer, llamar casa forestal a un precioso montón de piedras cargadas de historia y viejísimo líquen). Paramos para orientarnos y acertamos a coger una hermosa senda que en un par de Kilómetros nos lleva hasta el Cortijo de la Cabaña. A partir de aquí, el camino empieza a volverse más y más técnico. Llevamos recorridos casi 20 Kilómetros.

Un camino de herradura muy dificultoso y áspero con mucha piedra suelta serpentea por un desfiladero que conduce a un estrecho paso entre dos gigantescas piedras. Un paraje conocido por el Estrecho que los espartanos hubieran encontrado parecido con las Thermópilas. El caso es que totalmente flipados y empujando las bicis en este tramo de 500 metros, traspasamos El Estrecho para encontrar una vaguada de técnico recorrido.

Más o menos subidos en la bici o todo lo contrario, según se mire, dejamos atrás la aspereza de la roca para subir no tan tranquilamente hasta el Collado de los Frailes donde nos sorprende una preciosa vista de un hermoso valle presentado por dos frailes petrificados, que se abre hasta la aldea de la Hoya de la Albardía. Nos perdemos, por supuesto y tenemos que regresar hasta el cruce con el GR. Finalmente llegamos por un prado verde de pasto jugoso hasta la aldea, no sin espantar en la bajada un rebaño de cabras salvajes que se dan a la fuga.

Localizar el siguiente hito nos lleva un tiempo, hasta que damos con la dichosa Tiná de la Hoya, huérfana de rebaños desde hace mucho, mucho tiempo. Un momento para leer el libro, orientarnos para bajar por el barranco del Arroyo del Hombre y enseguida perdernos definitivamente. Tardaremos un tiempo que se nos hace angustioso para localizar una estrecha y técnica senda que nos hará pasar por donde parece imposible poder hacerlo. El patito llora porque la tarde ya es vieja y la noche desea aparecer para iluminar con su oscuridad la vida de las criaturas que odian el sol.

El patito ama el sol y la luz, así que finalmente le encuentro la senda y podemos empezar a bajar la senda dificilísima que nos obliga a arrastrar como podemos la bici durante dos interminables kilómetros hasta llegar a otra emblemática aldea. Aún sollipando y gemecando (vocablos del llano) el pato consigue ver su llegada al famoso Cortijo de la Fresnedilla (no, esa es otra historia que contaremos más adelante) y sus lágrimas se secan a abrirse frente a nosotros un cuidado mirador y un ancho y bien cuidado carril que tomaremos para bajar durante diez kilómetros a la orilla del río Aguamula en vertiginoso pero cómodo descenso.

En fin 44 Km incluidas pérdidas más o menos provechosas que nos han enseñado a amar aún más esta fantástica sierra y todo lo que contiene. Un homenaje que hemos hecho con nuestro esfuerzo a esta dura pero hermosa tierra y a los héroes que la habitaron hace mucho, mucho tiempo.
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