Diminutos en los barrancos.

Para el Patito hay dos tipos de cachorros: los pequeños y los diminutos. Los diminutos son los que acaban de nacer o llevan sólo unos días en este mundo. En este viaje por los barrancos de Cazorla, cerca del Parador, yo descubrí un diminuto para el Patito, que pudo disfrutar muy, muy cerca.

Nuestro viaje empieza en el Parador. Bajando por el camino -atajo que lleva al camino principal del Nacimiento del Guadalquivir, el agua recorría prácticamente toda la superficie de tanto que había llovido estos días atrás y la noche anterior. Nunca hemos visto tantísima agua, ni en Cazorla, ni en ningún otro lugar; excepto quizás en el mar, pero ese es otro tipo de agua.

Atravesamos, como de costumbre, el primer arroyo y justo después, mucho antes de llegar a la represa de abajo, tomamos lo que nosotros llamamos el atajo hacia el camino que une el Puerto del Tejo con el Camino del Nacimiento. Más adelante, y por no hacer caso al patito, nos despistamos cogiendo un sendero que se cortaba más adelante y que al final nos reveló unas bonitas cascadas de aguas bravas que bajaban por ese barranco.

Una vez retomada la pista correcta que serpenteaba en una dura ascensión aguas arriba por el barranco principal, nos topamos con una agradable sorpresa. La madre muflón estaba vuelta de espaldas, en el borde del camino tras unas rocas que le impedían ver lo que se acercaba por detrás, el agua crecida hacía demasiado ruido para oír nada y el aire de cara se llevaba nuestro olor lejos de ella. Para completar las condiciones, el ternero recién nacido no tenía ni idea aún de qué es un ser humano, así que simplemente nos miró y se tumbó sin ningún miedo al lado de la madre, que no se enteraba de nada.

Nosotros estábamos a unos cinco metros de las criaturas y pudimos disfrutar de esta situación de modos distintos: al patito se le caían las lágrimas de la emoción, ya que la "diminuta pera", como ella los llama, no hacía más que observarla con curiosidad, tumbada detrás de una piedra. Yo por mi parte, luchaba con el autofocus de mi cámara para no perderme la foto de mi vida, y al final creo que erré en el encuadre. La magia se rompió finalmente y madre e hijo salieron corriendo. A partir de ahora, Diminuta Pera considerará a los humanos una amenaza, algo que sin duda aumentará sus posibilidades de supervivencia.

Tras una trabajosa subida por el atajo, cada vez más invadido por la hierba y las piedras de los desprendimientos, llegamos al camino que, tomado a la derecha, te sube hasta el Puerto del Tejo.

Pronto alcanzamos unas preciosas Navas, repletas de jugoso pasto, que anteceden a la llegada a la Lagunilla de Cazorla.


La Laguna de Cazorla se mostraba insólita, ya que daba honor a su nombre con el agua que tenía. Habíamos leído que esto sucedía, pero sospechábamos que fuera un cuento. Un pinzón común nos saludaba desde su atalaya en la piedra.


Tras disfrutar de las vistas en el mirador de la Lagunilla, encaminamos nuestros pasos hacia el Puerto del Tejo, al que no llegamos por preferir bajar por el atajo que conduce al Parador, convertido en un itinerario alternativo al camino de herradura que solemos tomar. En buena hora, ya que el sendero nos reservaba la sorpresa de una deliciosa cascada iluminada con los rayos del sol que se filtraban tímidos aún entre las nubes cargadas de humedad.


Justo después de la cascada, se llega al Parador por una fuente que siempre me ha parecido bonita. La visión de esta agua así domesticada constituye un buen punto y aparte en este viaje, que nos ha llevado a disfrutar de Diminuta Pera a través de barrancos de agua desencadenada y salvaje.