Mis viajes con el Patito

Thursday, January 11, 2007




























A veces uno no hace lo que realmente le gustaría, así que el pato y yo llevábamos casi dos meses sin una salida al campo. Sin viajes del patito todo parece volverse más gris y triste. Los días se vuelven más iguales y monótonos. Pero por fin, en Reyes hemos podido romper esta inercia y nos fuimos a Cazorla (¡cómo no!). Esta vez con las bicis, que es el deporte que más disfrutamos ahora. Los recorridos que hicimos son un clásico de fin de semana en Cazorla, y al hacerlo con las bicis, pudimos recorrer en un día y medio de estancia algo más de 45 Km. Nos alojamos en el Noguera de la Sierpe, que parece haber regresado a las enormes raciones de media pensión que tanto disfruté en el pasado. El Viernes cogimos el coche nuevo y nos fuimos a la Nava del Espino, nuestra puerta al paraíso, pensando todo el tiempo en el coche viejo que iba rozando todo el camino con las piedras y los baches (¡qué buen servicio nos hizo el pobre!).












Al llegar, montamos las bicis y comenzamos a pedalear entre jadeos, subiendo todo el rato hasta los Poyos de la Mesa, algo sucios por el barro del camino, que nos provocó algunas situaciones realmente divertidas (el patito llevaba unas ruedas como roscones de reyes); donde los buitres cogen las térmicas y remontan el vuelo a sólo unos metros del visitante. Más tarde, almuerzo y bajada hasta Praera Marchante, un precioso lugar que simboliza el corazón del Cazorla, ya que tiene a un tiro de piedra maravillas como el Calar de la Juana, el arroyo de los Tornillos de Gualay, la Cerrada del pintor y la Cerrada de la Canaliega. Es en éste lugar donde el pato y yo tenemos acordado que esparcirán nuestras cenizas. Era un día frío. Encontrábamos neveros pequeños pero evocadores en las umbrías orientadas al norte. Con las bicis avanzábamos bastante rápidos y el pato aguantó muy bien.










El caso es que media hora más tarde llegamos a la Cerrada de la Canaliega y en ese idílico paraje nos detuvimos a comer sin dejar de asombrarnos por el silencio sólo roto por el rumor del agua del arroyo, la tranquilidad y el cielo azul. Después de comer nos esperaba la subida hasta Praera Marchante y el desvío hacia la Nava del Espino a la que llegamos pronto. El coche nos esperaba, pero nos animamos al ver una manada de ciervas, así que decidimos visitar la entrada al camino de Guadahornillos, donde en las horas de menos luz, conseguimos ver un par de machos muy curiosos de gamo que localizó en patito. El día no daba para más y regresamos muy contentos al hotel. En todo el día no habíamos visto a nadie más, sentíamos que Cazorla se abría a nosotros en exclusiva y eso nos hizo muy felices. La bici había demostrado ser un medio de transporte muy adecuado para Cazorla, limpio, silencioso y rápido.

La mañana del Sábado se presentó helada como la del Viernes, pero a lo largo de todo el día hizo algo más de calor, sin embargo el hielo obstinado no quería abdicar y seguía gobernando en las umbrías. Otra vez condujimos nuestro casi-todoterreno por el bacheado Camino de las Navas hasta alcanzar la del Espino desde donde nos dirigimos al camino de Guadahornillos, una zona plagada de grandes herbívoros donde pudimos disfrutar de la aparición de un gran macho de muflón (esperamos que los cazadores lo pasen por alto por este año) con una hembra y la cría del año pasado. El caso es que llegamos al puente de Guadahornillos entre jadeos, pero asombrados por lo que el patito llama Narnia (un lugar mágico sin peligros y bonito). El pato estaba cansado pero ya le iba cogiendo el tranquillo a lo de pedalear cuesta arriba y además el día prometía más avistamientos.






Pasamos por el Pino de la Mala Mujer, que está al final de una preciosa nava verde de hierba nueva, y seguimos ascendiendo por las rampas, cada vez más empinadas hacia el Calarilla, o La Calarilla. Finalmente lo encontramos, dejamos las bicis abajo tras unos chaparros y comenzamos a subir. Encontramos un hidden hecho de tablas de madera que pensamos visitar en primavera y que seguro ha deparado muchas satisfacciones a los fotógrafos de vida silvestre que lo hayan utilizado.










Continuamos la ascensión hasta el vértice geodésico y disfrutamos por unos momentos de las vistas fantásticas y de los buitres en el aire limpio recortando su silueta ascendente sobre el espeso bosque de pinos. Volvimos a descender sabiendo que ahora todo era cuesta abajo, vimos una manada de ciervas en plena fuga, y llegamos otra vez al Pino de la Mala Mujer, donde comimos esperando ver cruzar por la nava algún bicho de cuatro patas. Seguimos descendiendo más tarde avistando más animales, hasta llegar de nuevo al coche.

Nos despedimos de Cazorla con la promesa de regresar en cuanto podamos y con las pilas cargadas nuevamente. Para finalizar, una foto del patito en pleno esfuerzo.


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