Nieve en Peñascosa. Las crónicas siempre huelen un poco a rancio, a pasado. Nunca eres capaz de transmitir con suficiente intensidad lo experimentado; pero esta vez, ha permanecido en mi recuerdo con claridad la enorme cantidad de nieve de la Sierra de Alcaraz y en concreto, de la joya que la adorna: Peñascosa. El patito quería nieve y se pudo hartar. No voy a a hacer la crónica de muchos kilómetros. Apenas anduvimos despacito 6 o 7 kilómetros, pero hay que ver que viaje más interesante.
Comenzamos en el pueblo de Peñascosa, donde carbonizamos los “ferodos” de la transmisión del coche nuevo (al menos eso dice Cristóbal, que es un tío cojonudo y sabe de máquinas y cosas así) al quedarnos atascados en medio de una calle que parecía un glaciar islandés. El patito entró en su faceta de pato preocupado – pato loco durante esos tensos momentos. Angel se encargó de sacar el coche (es otro tío cojonudo que sabe de campo, bicis, todoterrenos y cosas así) y de llevarnos a la plaza donde nos esperaba un carajillo en el bar local y una enorme bola de nieve que habían hecho los vecinos, algo menos sorprendidos que nosotros por tanta nieve.
Comenzamos a caminar bajando por el camino de paseo tradicional hasta el camping, totalmente alucinados por la belleza del paraje nada más salir del pueblo. En el camping, y tras franquear una valla, el patito ya era otra vez pato bueno – pato nieve. En el camping deambulaban desorientados unos turistas aislados por el temporal. No me explico cómo no aprovecharon para pasear y disfrutar del entorno. Parecían castigados en una especie de arresto domiciliario. En fin…
Continuamos en suave ascensión metiendo las piernas en la nieve hasta las rodillas por un camino que discurre a las faldas de un bosque de quejigos muy raro en estos tiempos. Los demás no están muy convencidos de que lo sean, pero a los árboles les daba lo mismo la discusión sobre si son quejigos o carrascas, el caso es que el bosque estaba precioso. Mari Carmen disfrutaba en la compañía de Cristóbal del paseo con sus bastones (aunque no llevaba polainas no perdió la sonrisa en toda la excursión) mientras Angel y yo no dejábamos de hacer fotos. El patito simplemente flipaba.
La excursión se alargó un poco más, hasta que comenzó a nevar, nos entró la inquietud por el cierre inminente de las carreteras, la “quema” de ferodos y todo lo demás, así que dimos por finalizada la aventura en un sitio donde Cristóbal se metió hasta la cintura en la nieve. La llegada al pueblo nos demostró que aún queda niño en un cuerpo de más de treinta años. Nieve, amistad y belleza es lo que obtuvimos de Peñascosa aquel día.
Para terminar, una foto del patito en pleno esfuerzo nival:


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