Mis viajes con el Patito

Tuesday, March 30, 2010

Por la pista forestal del Nacimiento del Guadalquivir.

Un precioso camino que en esta ocasión seguimos en dirección al nacimiento. Entramos con el coche por el desvío que puede encontrarse a mano izquierda en dirección a Pozo Alcón por la carretera de la sierra (Belerda - Pozo Alcón. Pasamos la Fuente de la Ponderosa y la barrera y unos 3 o cuetro kilómetros más adelante, mucho antes de la Curva de los Vaqueros, dejamos el coche y comenzamos a andar. En esta ocasión, y como será siempre a partir de ahora, nos acompaña el vampirote como estrella invitada en una de sus primeras escapadas. El vampirote que ya tiene un año.



El valle se va elevando poco a poco. Hacia el Sur pueden verse en un día claro como éste de finales del invierno, las nieves de Sierra Nevada a lo lejos. Al Este, el mazizo de Las Palomas, que pertenece a la Sierra del Pozo. Más allá, El Embalse de la Bolera, que desde aquí no es visible.Es un entorno precioso que sobrecoge por su ancestral belleza, el porte de sus pinos laricios y la forma en que la piedra y la selva se combinan en un conjunto casi, casi, belenístico. Lo peor es que la pista está abierta a los coches, pero hoy hemos tenido suerte y no hemos visto ninguno.




Ahora paso a documentar un hito histórico en la vida de Alejandro. La primera vez en su vida que tomó contacto con el suelo del bosque. Espero que tenga una vida llena de oportunidades para revolcarse en la naturaleza. En un alto del camino, se me ocurrió que ya podía hacerlo, bajo la atentísima vigilancia del patito.



En fin. Tras este alto seguimos el camino hasta una curva pronunciada donde el camino atraviesa un barranco cambiando de vertiente y aparece un camino secundario en buen estado, que, por supuesto, seguimos un rato hasta que el hambre nos hace detener. Hora de acampar en un precioso entorno desde el que divisamos el camino principal desde una cierta altura. Momentos para relajarnos, hacer la comida y disfrutar en familia.




Sólo queda deshacer el camino andado hasta el coche y despedirnos de nuevo de Cazorla y su encanto. Prometemos volver pronto.

Subiendo el Puerto del Tejo con el vampirote.

Este viaje del patito es especial. En otoño fuimos a Cazorla, para enseñarle a nuestro hijo Alejandro nuestro pequeño paraíso, nuestra burbuja de felicidad. Pasamos unos días fantásticos, y el bebé, que no tenía más de 7 u 8 meses, se portó como un campeón. Ya conoce el pato el Puerto del Tejo de sobra, pero ese día lluvioso todo cambió, porque llevábamos al vampirote con nosotros, llovía y nos preocupaba que se pudiera constipar. El patito y yo cargamos ahora mucho equipo para garantizar la comodidad del niño. Acarrear todo eso puede ser agotador, pero creo que merece la pena.





Ya sabemos de la dureza de las rampas iniciales desde el Parador, con tanlto peso, y con la lluvia... Optamos por acampar en los que nosotros llamamos Mirador del Parador. El patucho se puso algo nervioso, era una situación nueva y la percepción de amenaza por la lluvia fría, con el niño y todo eso complicó un poco todo y vivimos momentos tensos, pero cuando el patito se vió cobijada bajo la tienda de campaña, las cosas empezaron a cambiar. Otra crisis superada.




Una vez instalado el pato, yo quise salir a explorar un poco, a disfrutar de la humedad del bosque y ver si podía acechar a algún gamo, de los muchos que por esta zona pastan. No hubo suerte con lo del gamo, pero descubrí un sendero que salía justo detrás del lugar donde había plantado la tienda. Me decidí a seguirlo y comprobé que bajaba, zigzagueando en un bosque precioso, solitario, oscuro y mágico, como todo lo de por allí. La senda parece descender hasta La Iruela, pero eso tendré que comprobarlo más adelante, porque el patito y el vampirote estaban en la tienda y no me quise entretener mucho.





Regresé sobre mis pasos y le anuncié al patito mi descubrimiento. Como era de esperar se puso muy contenta (al pato le gustan las sendas en el bosque)y el brillo ilusionado de sus ojillos me aconsejaron que prácticamente la echara de la tienda para que ella pudiera seguir la senda, al menos un poco de tiempo. Fué entonces cuando ella se "enterró en su propia tontería" y para explicar ésto, tendría que reservar mucho más sitio en el Blog. En fin... ya lo contará ella algún día. Más o menos, éste es el sitio donde el pato se enterró en su propia tontería...



Sólo puntualizar que regresó presa del miedo, temblando y con la uñas llenas de tierra. Yo flipaba y el vampirote también. Hicimos la comida (ahora llevamos un práctico hornillo de gas para calentar el potito y ¡qué narices!, también gustosos botes de fabada!!!. El día era brumoso, precioso, húmedo y además tuvimos suerte, ya que al avanzar el día, la niebla comenzó a dispersarse en girones permitiéndonos disfrutar de vistas preciosas. Nos faltó tiempo para sacar al vampirote de la tienda y enseñarle el mar de nubes sobre La Iruela.





Aún esperábamos que el tiempo empeorara tras ese pequeño respiro, así que empezamos el camino de regreso al coche, que dejamos en el Parador. Nuestras pilas están recargadas. Cazorla nos ha llenado como siempre hace. Ahora el vampirote comparte con nosotros eso también. Mostraré, finalmente, que una madre puede parecer una tortuga ninja sólo para proporcionar la seguridad de una tienda de campaña a su hijo pequeño. El patito es una madre excelente.



Monday, March 29, 2010



Desde la Umbría, mirando al embalse de la Fuensanta.

Es una buena forma de volver. Con un milagro. El embalse de mi infancia, de mi adolescencia, de mi adultez; siempre marcando el ritmo con los baños apresurados del verano, con la decepción de verlo seco año tras año, con el sueño ya deteriorado de una imagen vieja grabada en la retina infantil: el pantano lleno. Tengo casi 40 años y recuerdo haberlo visto lleno cuando contaba con no más de 3 años. Ahora es mi hijo el que lo contempla lleno, en toda su belleza, y aunque su mente de bebé no pueda recordarlo más adelante, estoy convencido de que su alma sí sabrá atesorar la experiencia. Mirad qué preciosidad.

No sé cuánto tiempo durará, ya que la Fuensanta es un embalse de cabecera que siempre he visto casi seco. Por eso es el momento de disfrutar de este viaje del patito que transcurre por la umbría de pinos que puede contemplarse frente a la presa, en la ribera opuesta del embalse. Podemos dejar el coche en la misma presa y subir por la carretera en dirección a Juan Quiles. Podremos gozar de perspectivas de toda la cuenca, sobre todo al girar en una curva donde, por cierto, hay un precioso mirador no señalizado donde podéis sacar fotografías estupendas, diferentes a cada momento del día, ya que el sol juega con la bruma de la humedad del embalse. En este punto, descubrimos un día al excelente fotógrafo naturalista Antonio Manzanares tomando una fotografía que luego vimos publicada muy parecida a ésta, obtenida en el mismo sitio.




El objetivo de la excursión es recorrer una pista forestal en buen estado que discurre por la espesa selva de pinos que se aprecia en la primera fotografía, ahora muy cerca de la orilla del agua. Pronto descubriremos un camino cortado con una cadena que sale a mano derecha y que deberemos coger para no dejarlo ya en todo el recorrido. Hay que tener en cuenta que toda esta zona es una finca privada. Comenzamos con una bajada de pendiente considerable si llevas, como hacemos, un carrito de bebé. El patito saluda cerca del agua, ahora tan próxima al camino.



Puede apreciarse detrás del patito la presa y la casa dela presa (cercano el aliviadero. Estamos justo enfrente de la presa, entre pinos. Continuamos el camino que transcurre encajonado entre farallones de piedras rubias y pinos a un lado y la preciosa masa de agua azul intenso al otro lado. Nuestro recorrido nos regala panorámicas de rotunda belleza como éstas.





El camino va subiendo y bajando acumulando un desnivel considerable. Además, empujando el carrito y acarreando la mochila puede hacerse agotador. pero el patito ya no anda sola. Siempre va con un vampirote que de vez en cuando pide "tete" y ya sabes... En fin. Poco a poco se va completando, ahora mucho antes que cuando el pantano estaba seco, ya que en una hora más o menos, llegamos al final. El patito se espera dando de mamar al vampirote y yo continúo cien metros hasta la orilla del agua.



La sensación de estar en un sitio remoto, alejado de todo el bullicio de lo cotidiano, en un entorno primario, te hace ser aún más consciente de las fuerzas que la naturaleza pone en juego. Dios se manifiesta en cada recodo, en cada árbol, en cada risco. Imágenes se suceden con la banda sonora libre de derechos de autor del agua lamiendo la orilla, paciente, calma. Estas cosas pueden verse al final del camino de la Umbría.





La maldición del caminante radica en que en algún momento debe regresar, así que salimos de este pequeño paraíso temporal y frágil. El regreso es duro. Alejandro ha decidido que va a llorar todo el camino de vuelta y casi lo consigue. Deshacemos lo andado aguantando como sólo los padres saben hacer, el chaparrón de gemidos, quejidos, llantos y gritos. Se hace tarde y el vampirote sólo tiene un año. No sabe lo que es la paciencia y llora hasta que el sueño lo vence un poco antes de alcanzar de nuevo la carretera. Estoy agotado y el patito también. El regreso nos dejará una imagen imborrable del Pantano de la Fuensanta que comparto como epílogo de este estupendo viaje del patito.