Mis viajes con el Patito

Wednesday, April 12, 2006

El ocano verde contra las extrañas rocas


El océano verde contra las extrañas rocas.

Villaverde de Guadalimar está en Albacete y casi, casi en Jaén. Los bosques de pinos de Villaverde son exuberantes y en esta ocasión, hicimos la subida a los Picarazos por el valle del arroyo del Tejo. Subes casi todo el tiempo junto al cauce de un arroyo muy fresco que tiene varios saltos de agua, un par de campamentos, dos o tres cortijos centenarios y un árbol singular. Vas ganando altura disfrutando de los muchos pájaros que por allí vuelan, águilas y buitres aún más altos. La subida es algo dura con sol y se agradece que alguna nube cubra el cielo. Al llegar arriba tras pasar un cortijo de singular fuente y abrevaderos y tras varias rampas más, alcanzamos el paraje de los Picarazos de especial belleza. Quise enseñárselo al Patito con los muchos espinos blancos que salpican la pradera en flor, pero no fue posible: la primavera se retrasa al parecer en estas alturas (unos 1.500 metros). En los Picarazos hay unas singulares formaciones rocosas muy erosionadas que son llamadas “Frailes”, quizá por su antropomórfico diseño. El Patito agotado pero contento inicia el descenso que siempre es mucho más rápido que el ascenso, aunque en esta ocasión tardamos bastante en realizarlo, regresando casi agotados a Villaverde.


Estas son las piedras que contemplamos el Patito y yo un poquito antes de llegar a los Picarazos. El tiempo y los elementos han desnudado la piedra hasta dotarla de formas curiosas para el ojo humano. A la roca le da igual. Simplemente recorta su silueta pétrea contra el verde esmeralda del océano de árboles, este año más verdes por la nieve caída en invierno. Vimos la obra de Dios en todo ésto, y no siempre es fácil de digerir la existencia de un Creador cuando se te revela de una forma tan clara. Espero que se haga responsable de su creación y que no arda jamás este singular paraje.

Cercano a la cima, al borde del camino y apuntalado por el hombre, encontramos un Tejo milenario. Es grande y viejo. Destila magia en un mundo que la ha perdido por completo. Antaño inmerso en un bosque impenetrable, ahora se halla expuesto al borde del camino, al alcance del desaprensivo que quiera herir su tronco para dejar su recuerdo. Viejo y expuesto aún no se rinde al progreso, cómplice de un bosque relicto que se resiste a abandonar. Ya no hay druidas que adoren a este ser viejo, testigo del paso del tiempo. El Arroyo del Tejo encuentra su nombre en este solitario y anacrónico árbol.



Cuentan por esta zona, que el famoso bandolero conocido por "El Pernales" enamoró a una bella y sensible moza que vivía en este antiguo cortijo llamado "Fuente del Tejo". Con el tiempo, el díscolo forajido la abandonó y la despechada amante lo denunció a los Guardias que localizaron al Pernales y lo abatieron no lejos de este lugar. Ahora son unas ruinas vacías, pero la memoria de las piedras es grande y albergaron en tiempos ardientes pasiones al parecer. En la actualidad, cerca de estas ruinas, podemos encontrar una caseta construida junto a una preciosa fuente levantada por un alma sensible.

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